El concepto de salud no es único y universal, como tampoco lo es el de enfermedad.
A lo largo de las épocas y las culturas los conceptos de salud y enfermedad han variado: desde ser considerada la enfermedad como algo externo, que viene de fuera y me controla (como un castigo divino), hasta considerarse en un contexto dinámico de equilibrio/desequilibrio entre los elementos del cuerpo o entre el cuerpo y su entorno.
“La salud y la enfermedad no son acontecimientos que ocurran exclusivamente en el espacio privado de nuestra vida personal. La calidad de la vida, el cuidado y la promoción de la salud, la prevención, la rehabilitación, los problemas de salud, y la muerte misma, acontecen en el denso tejido social y ecológico en el que transcurre la historia personal” (Costa, M. y López, E., 1986).
¿Y esto por qué es importante? Porque la idea que tenemos de qué y cómo es algo (en este caso el síntoma o la enfermedad) influirá en cómo lo percibamos y gestionemos, tanto a nivel social como individual:
1. Como paciente, a nivel individual: La forma en la que lo pienso de inicio (ideas preconcebidas en base a la cultura y la época) va a tener influencia en la manera en que viva el proceso: sentir de forma permanente e incapacitante miedo, pesadumbre y/o falta de control sobre lo que me ocurre activará un estado nervioso que puede condicionar la evolución (aumentando el síntoma, perpetuándolo en el tiempo, dificultando la toma de decisiones y de recursos para la mejora,…). Si el organismo entiende que se encuentra en una situación continua de peligro para la vida, se pone en alerta y se activa como mecanismo instintivo el sistema nervioso simpático, con el objetivo de la supervivencia inmediata, aumentando la energía destinada a algunas partes del cuerpo y disminuyendo la destinada a otros que requieren del sistema nervioso parasimpático para sus funciones, y que, si bien son fundamentales para la vida, no tanto para la supervivencia inmediata del organismo.
Así, en función de cómo se encuentre mi sistema nervioso tendré más tendencia a reparar/resolver/ayudar en la resolución o la evolución del síntoma o al empeoramiento. Por ejemplo, la neurociencia ya ha demostrado cómo la información (la explicación a la persona de lo que le está ocurriendo) puede reducir la percepción del dolor.
Además esa percepción también influirá en la toma de decisiones que lleve a cabo. El instalarnos en emociones paralizantes por información desempoderante puede llevar a una inacción que imposibilite el coger recursos para la mejora.
Es totalmente normal y sano sentir lo que sentimos en relación a nuestros acontecimientos vitales. Sentir miedo, desesperanza y falta de control (rabia, tristeza, apatía, impotencia, frustración,…cualquier emoción que surja) es parte del proceso de enfermar, y de la vida misma. Esto no excluye la importancia de conocer cómo la forma en que vivenciamos la experiencia influirá en la experiencia en sí, para hacernos cargo de poner mirada en esa esfera, darnos cuenta de nuestros estados y cuidarlos.
Y también, como profesionales, cómo la forma en que vivencia la experiencia el paciente nos da llaves para entender lo que está ocurriendo dentro de la persona y los senderos a ir tomando en el abordaje del proceso (no podemos omitir lo que está sintiendo la persona en el proceso para caminar en el proceso), tanto en trabajar con las causas como en las herramientas terapéuticas, que podrán variar en función del estado anímico de la persona. La imagen sería la de un síntoma que revuelve aguas profundas, sacando a superficie lo que no suele salir en el cotidiano. Visibilizar lo que está oculto es parte de la otra cara (la que trae algo positivo) de las dificultades la vida.
2. Como clínico/a, a nivel individual, el cómo percibe el síntoma/malestar/diagnóstico del paciente. Esto va a influir en lo que transmite al paciente (conocidos efectos los de placebo y nocebo), y también en reforzar o quebrar la idea preconcebida que tiene el paciente. Esto va a tener influencia en el paciente y sus posibilidades sentidas de vivenciar el proceso. En la percepción del clínico sobre la patología, influirá tanto la concepción cultural actual imperante sobre la misma como su propia subjetividad, en relación, por ejemplo a experiencias profesionales o personales previas (en general o con una enfermedad en concreto).
3. A nivel colectivo, cómo nos sentimos y hacemos sentir a personas a las que se les han puesto etiquetas diagnósticas. Hay una dimensión social con respecto a la enfermedad, a nivel general y también específico con cada uno de los distintos diagnósticos, que influye también en la experiencia de cada persona.
Lo que nos sucede nunca viene solo, trae siempre consigo ideas y sensaciones que pueden detonar emociones variadas y específicas según la persona y el contexto. Esto forma parte de nuestros procesos de aprendizaje, que nos aportan seguridad para entender el mundo, permitiéndonos realizar categorizaciones rápidas que simplifiquen lo complejo de la realidad y generando circuitos nerviosos automáticos. Esta inmediatez en el juicio y la respuesta ante lo vivido, sumado a sentir algo desconocido o a la puesta de una etiqueta que tiene unos marcos habitualmente definidos puede generar una imagen limitante del proceso vivenciado. Ampliar la mirada para ver más allá de esos límites suele crear puntos de inflexión, al empezar a cambiar una perspectiva limitada, caracterizada en gran medida por la indefensión y la parálisis, por una perspectiva exploratoria, caracterizada en gran medida por la curiosidad, la acción y el aprendizaje. Digo en gran medida porque la vida no es estática, continuamente transitamos nuevas situaciones y emociones, con lo que puede producirse un vaivén en nuestra forma de estar con y en el mundo. Sin embargo, si no empezamos por abrir el foco, tendremos escasas opciones de manejarnos desde la segunda perspectiva e ir aprendiendo también de nosotros/as mismos/as.

