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Parte del porqué

Nací a finales de los 80 en Las Palmas de Gran Canaria y me crié en el seno de una familia amorosa, un barrio humilde y unas amigas presentes. Tuve pronta vocación por el cuidado de las personas, lo cual, en aquel contexto, se tradujo en un camino hacia el estudio de la medicina. Hoy día reconozco otras vocaciones que latían en mí, y reconectarme con ellas ha sido parte de mi propio proceso de salud y autocuidado, dicho sea de paso.

Me licencié en Medicina en el año 2014 y me especialicé en Medicina Familiar y Comunitaria. Me atrajo el trato cercano con las personas que encontré en los centros de salud por parte de los médicos y las médicas de atención primaria.

Los cuatro años de especialización dejaron una impronta en mí que me llevó tiempo descubrir. Hablo, por un lado, de una serie de hábitos que perjudicaron mi salud, como jornadas frecuentes de guardias de 24 horas, falta de exposición a la luz del sol (agudizada en estos momentos, arrastrada desde que somos tiernos pollitos de biblioteca) o falta de movimiento en la práctica diaria de la consulta. El estrés sentido de base por la percepción paternalista de «tener entre manos la salud del otro» no hacía sino añadir leña a un estado de salud interno en llamas.

La residencia fue también un período de aprendizaje continuo, especialmente de las relaciones interpersonales con los/as compañeros/as y pacientes (lo que el otro tiene para ofrecernos y lo que ofrecemos al otro), así como de descubrimiento de algunos de los muros que parecían ser infranqueables en la mejora del estado de salud de las personas. Uno de estos muros era el que me separaba como profesional del paciente en su contexto, a sabiendas de que éste influye enormemente en cómo percibe y gestiona su salud.

Esto hizo que me sumergiera en el «apellido» de la especialidad (generalmente colocado en un inconcreto segundo plano): la Medicina Comunitaria. La rotación en el Observatorio de Salud de Asturias, referente en orientación comunitaria desde atención primaria y metodología participativa, me aportó una valiosa experiencia en el trabajo directo con las personas a nivel grupal y con un enfoque salutogénico, es decir, centrado en la búsqueda y fomento de condiciones y recursos que potencien la salud. Rotaciones en otros sistemas sanitarios, como en asistencia individual y comunitaria en entorno rural en Urubamba, Perú, o en trabajo comunitario en La Habana, Cuba, me regalaron visiones ampliadas de las vivencias de salud y enfermedad y sus diferencias conceptuales, individuales y sociales. Las nuevas perspectivas y formas de trabajo adquiridas me permitieron la aplicación posterior de trabajo comunitario en la práctica clínica local.

En suma, encontré el trabajo con grupos como una de las piezas básicas de una salud compartida que se expresaba en cada una de las personas que los componían.

En este cambio de paradigma hacia una participación activa del paciente en sus propios procesos vitales, empecé a reflexionar sobre el papel del médico/a en la asistencia primaria y las esferas que me parecían importantes como eje central de la misma.
En este punto hay que entender que existen distintas perspectivas en el abordaje a la salud-enfermedad: No es lo mismo ver al síntoma como un problema en un «cuerpo defectuoso o cuerpo-enemigo» (el objetivo está en corregir al cuerpo y erradicar el síntoma) que verlo como un mensaje en un «cuerpo sabio o cuerpo-aliado» (el objetivo está en entender que el síntoma/enfermedad es un mecanismo adaptativo que tiene el cuerpo en respuesta a algo, buscando sus causas – y las causas de sus causas si abrimos el foco y entendemos todos los factores que influyen en su aparición – y corrigiendo no al cuerpo sino a las situaciones y conductas que han propiciado (o que son realmente) la enfermedad).

Es decir, ponemos el foco en la capacidad y tendencia a la salud de un cuerpo en un entorno propicio para ello por coherencia fisiológica. Esto forma parte de un abordaje salutogénico. Por contra, el aprendizaje y abordaje centrados en la enfermedad puede generar la tendencia a una respuesta intervencionista o medicalizadora a las demandas de la población, para poder trabajar con lo conocido, por infravaloración de la influencia de esos factores esenciales o por falta de tiempo en la asistencia que impide la profundización en ellos.

Ésa es una de las faltas básicas: aprendemos una medicina que fragmentó al ser humano para poder estudiarlo en profundidad mediante un análisis de «sus componentes» y que aún no ha vuelto a reunificarlo y conectarlo con los otros seres y el entorno, con los que también interacciona. 

Años se lleva hablando de modelos como el biopsicosocial, que contempla que la salud humana es un continuo entre el estado de salud y el de enfermedad y que éste se ve influenciado por la interacción compleja entre factores biológicos, psicológicos y sociales, los cuales se dan en un medioambiente específico que también influirá en los procesos orgánicos. Este tipo de modelo en teoría dejaba atrás el modelo mecánico de la salud, que considera al cuerpo humano como una máquina, donde las enfermedades se entienden como fallos mecánicos que pueden ser reparados a través de intervenciones o tratamientos mecánicos, con un enfoque reduccionista que ignora, como decimos, la interacción entre los sistemas del cuerpo y entre el cuerpo y su entorno, y se pierde maneras de fomentar o mejorar la salud que se salen de la visión más materialista o mecánica de la medicina.

El trabajo con las comunidades y la realidad de las personas en sus lugares de origen y su cotidiano disolvió esos límites mecánicos en mi abordaje al paciente al entender que cuando lo miraba, no lo veía sólo a él, sino también a todos esos factores y situaciones que le potenciaban o le mermaban su salud.

Más allá, descubrí que cada persona es un mundo a entender, que un mismo protocolo no sirve igual para todos los pacientes, que dos personas pueden tener la misma enfermedad pero, al tener historias de vida diferentes, el abordaje necesario para que mejoren puede (y debe) diferir. Sentí que mi entendimiento con respecto a la salud y enfermedad humanas creció un poco más. Cuando miramos tan de cerca nos perdemos la amplitud del paisaje, que nos aporta comprensión. Nos centramos tanto en los mecanismos y en las formas de «arreglarlos» desde un punto de vista técnico y parcial que nos olvidamos de que esos mecanismos se dan en un cuerpo vivo, y que el abordaje efectivo de las circunstancias de ese cuerpo es imprescindible para la mejora de la salud. Sin el cambio en las condiciones del contexto que están perjudicando la salud de la persona no hay mejoría real.

Y, como no es lo mismo hablar de algo por observarlo que por experimentarlo, el entendimiento de estos procesos volvió a crecer cuando la vida me hizo «un regalo» en los últimos años, al plantearme circunstancias a través de las cuales el foco de salud y enfermedad se colocó directamente en mí. Ha sido un tiempo de experiencia profunda en ese lugar, de sentir que borraba muchas capas propias que había ido construyendo a lo largo de los años y de regresar a una coherencia que se había difuminado hacía tiempo. Llevaba mucho tiempo con el foco puesto fuera, y la vida me trajo situaciones que lo movieron hacia mí. Ser capaz de mirarme me hizo empezar a aprender a encargarme de mí misma y me sumergí en muchas formas de autocuidado, centradas especialmente en la información, la reflexión, el cuerpo, el grupo, el arte y la naturaleza como guías.

> La información que da comprensión y herramientas a las personas genera motivación para instaurar nuevos hábitos y cambios en la manera que tenemos de relacionarnos con, por ejemplo, los síntomas que sentimos. El descubrimiento de la psiconeuroinmunología y la neurociencia con un foco salutogénico dieron voz organizada y científica a reflexiones de años, fueron ancla en el ejercicio de la profesión e instrumento de mejora de salud propia.


> La reflexión es una profunda herramienta de cuestionamiento y de cambio, apoyando a los procesos de empoderamiento de las personas para consigo mismas. El hecho de que la persona sea la protagonista activa de su proceso (por ser poseedora – en mente o en cuerpo – de información, de dificultades y de recursos de salud) requiere de actitud curiosa y paciente por ambas partes, para que, andando un camino en mayor o menor medida guiado, sea ella misma la que «dé a luz» a los cambios en su estado de salud.


> El cuerpo, por su parte, no miente y, siendo capaces de escucharlo y movernos a su son, podemos ir reestableciendo un equilibrio, independientemente del tiempo que llevemos fuera de él. La meditación, la observación de la naturaleza, la respiración y el movimiento libre y con sentido son, por su capacidad reguladora, lugares a descubrir y habitar.
El trabajo corporal permite el acceso a información y movimiento emocional, lo cual es imprescindible abordar en cualquier proceso de enfermedad, dada la influencia del estado emocional en la aparición y desarrollo de la pérdida de salud y viceversa. La expresión de emociones es innata en el ser humano, pues somos seres altriciales (la cría depende para su supervivencia de sus figuras de apego) y sociales por naturaleza, cumpliendo un papel comunicativo básico y, en resumen, evolutivo, esencial para la supervivencia de los grupos humanos.
Además, utilizar el cuerpo para expresar lo que hay dentro es canal del arte genuino con el que cuenta cada persona, y es alivio, terapia y transformación de sufrimiento en belleza y creación. La escritura y la poesía, la música, el teatro o la danza han sido canales propios de bienestar, y es reconocido su beneficio sobre la salud, así como de la pintura, la alfarería, la escultura o muchas otras formas de expresión artística.


> El grupo es espejo, sostén y contención. Es necesidad, pues los seres humanos nos construimos en relación. Es campo de juego seguro para mirarnos, reconocernos y movernos desde lo que verdaderamente somos. Ese lugar de encuentro es recurso de salud por sí mismo.
Los encuentros entre madres, los círculos, el yoga o el teatro, así como otros grupos de actividad común centrada en el bienestar me han aportado herramientas de conexión con el propio cuerpo y con los/as otros/as. El clown, por su curso y su destino infinitos, me parece, y así lo he vivido, el activo de salud más potente en el ser humano, al ayudarle a recordar quién es y conectarlo, en un juego con los/as otros/as, con una de las mayores herramientas de regulación, conexión y disfrute de la que, afortunados, gozamos como especie: la risa.

Con la coherencia, fui dando paso a mis necesidades y vocaciones, y encontré como médica formas de relacionarme con los pacientes con una mirada que revisa su salud de manera integral, con un enfoque salutogénico que complemente otros abordajes, buscando fomentar las condiciones que favorecen su salud para apoyar al cuerpo en su inherente capacidad regenerativa. Atendiendo a las esferas básicas que condicionan la misma: alimentación, movimiento, exposición a la luz solar, descanso, estrés, emociones, relaciones, contacto con la naturaleza, medioambiente y sentido de vida. Porque independientemente de la cultura o del grado de avance tecnológico de la sociedad en que vivimos, somos seres humanos, con una fisiología que la naturaleza lleva puliendo cientos de miles de años (millones de años desde el inicio de la vida misma) y con un cuerpo que tiene unas determinadas expectativas para sentirse sano; capaz, fuerte, amado y feliz. Sentirse, en conclusión, vivo.

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